E l   E s c r i b i r  
c o m o  M i n i s t e r i o

M a r í a   F é l i x   C á r c a m o  d e   S á n c h e z
O t o n i e l   M o r a l e s   S o t o

CrossDos narraciones fruto de los talleres para escritores cuáqueros latinoamericanos celebrados en 2008 y 2009 en Centroamérica. El Comité Mundial de Consulta de los Amigos (CMCA) y su Comité de Amigos Latinoamericanos (COAL) agradecen el interés y apoyo demostrado por Earlham School of Religion para la realización de estos talleres facilitando la presencia de sus profesores Susan Yanos y David Johns.

Introducción
¿Cómo darle a nuestra escritura la forma de un ministerio eficaz?

Si los sociólogos tienen razón vivimos en un mundo que ya no da por sentada la autoridad a priori de ninguna tradición religiosa. Para descubrir lo divino en un mundo tal tenemos que empezar con el relato de nuestras propias vidas, en vez de con la biografía de nuestra tradición. En estos relatos individuales “todos” y “todas” se ven reflejados. He aquí una de las grandes paradojas de la escritura: mientras más particular e individualizada sea una historia, más universal se hace.

El relato también revela lo divino en las experiencias ordinarias de nuestras vidas, abriendo un espacio para que el lector obtenga su propia reacción religiosa. Por esto es que la narración adquiere significado universal y teológico. Según declara Sam Keen en To a Dancing God [A un Dios danzante], “si cada uno de nosotros aprende a contar su propia historia, aunque sigamos ignorando el nombre de Dios o la forma de la religión, quizás esto baste.” ¡Pero cuánto más poderosa será nuestra narración si llegamos a conocer el nombre de Dios!

Cuando me pidieron que coordinara un taller de escritores para los Amigos de Centro América, enseguida me agobió la imposibilidad de cubrir todos los aspectos de la escritura, todos los pasos posibles en el proceso creativo que incita a la buena escritura, y todos los tipos de escritura que los participantes podrían encontrar útiles en su ministerio. Alrededor de la mesa del primer taller teníamos representantes de seis naciones: Costa Rica, El Salvador, Guatemala, Honduras, México, y los Estados Unidos. Cada cual vino con sus dones, capacidades, experiencias. Cada cual venía con sus propias metas y expectativas. Cada cual venía de diversas circunstancias en las cuales la escritura jugaba un papel diferente. Pero sí teníamos una cosa en común: nuestro agradecimiento por la presencia y las acciones de Dios en nuestras vidas.

Así fue que los invité a adentrarse conmigo en el mundo del relato. Analizamos cómo los evangelistas Marcos y Lucas utilizaron el relato para darle forma a las Buenas Nuevas de Cristo. Nos adentramos en las estrategias narrativas de varios escritores contemporáneos cuyos relatos de vida se han convertido en ministerio, tanto para lectores religiosos como seculares. Hablamos de cómo utilizar los relatos de nuestra propia vida como vehículos para concentrarnos en el relato de Dios. Aprendimos que los temas de los que verdaderamente queríamos escribir eran los grandes temas de la gracia y la misericordia, de la reconciliación y la salvación, del Amor y la Luz - y que sin embargo la única materia que conocíamos más íntimamente para poder escribir de estas cosas era nosotros mismos. Discutimos cuán personales tienen que ser nuestros relatos para que resuenen como universales. Exploramos lo diferente y lo parecido entre la escritura y la predicación. Y practicamos entre nosotros mismos varias estrategias de narrador.

Los ensayos aquí publicados son una muestra de algunos de los frutos de nuestras conversaciones y sesiones de práctica. Otoniel Morales y María Félix Cárcamo de Sánchez narran relatos muy diferentes, cada cual desarrollando una de las diferentes estrategias que analizamos. Ambos son escritores valerosos, que decidieron valientemente adentrarse en estos experimentos de escritura como una forma de ministerio, exponiéndose a los riesgos que la verdad exige. Irónicamente su meta no era publicar lo escrito, sino producir obra para sus propios usos dentro de sus propios contextos pastorales. Y así es como debe ser: mientras más íntimamente nos identificamos con las necesidades de nuestra comunidad, más profundamente nos sumergimos en los misterios de nuestra propia experiencia; mientras más nos abrimos a las posibilidades, más nos abrimos a Dios.
Pero dejemos que ellos mismos les cuenten.

Susan Yanos
Directora, Programa para el Ministerio de la Escritura
Earlham School of Religion
Marzo 2009

LA FUERZA DE LA LUZ INTERIOR

María Félix Cárcamo de Sánchez, Junta Anual de Honduras

Cuando tenía sólo doce años permanecía con mi padre en el valle de San Antonio, lugar donde él hacía sus cultivos. Un día me sentí un problema en los dientes que me causaba mucha pena y tristeza. No había un centro médico al cual acudir. Mi madre y mis hermanas estaban en casa lejos del valle. Mi padre me había enseñado a orar y a depender de Dios. Enseguida me puse a orar, y me acosté esperando una respuesta positiva. Me dormí y la desilusión llegó por la mañana cuando me levanté y me di cuenta que todo estaba igual. Viví un día diferente a los demás, en vez de darle gracias, me resentí y me molesté con Dios. Dije, “No existe Dios porque no me ha dado respuesta. Ni vuelvo a leer la Biblia, ni oraré más.”

Pasaron horas sin leer mi Biblia; ni había orado, ni quería saber más de Él. Al caer la tarde no soporté mi actitud, y sentí un profundo deseo de volver a Dios. Oré, le pedí perdón, abrí mi Biblia a Jeremías, capítulo 20. Comencé a leer y al llegar al versículo 9 sentí un gran impacto en mi vida.

Y dije: No me acordaré más de él, ni hablaré más en su nombre; no obstante, había en mi corazón como un fuego ardiente metido en mis huesos; traté de sufrirlo, y no pude. (20:9)
¿Qué pasó para que Jeremías reaccionase de esta forma?

Llamamiento y Selección de Jeremías

El profeta Jeremías está viviendo una época muy especial, de confesiones, profecías y diálogos con Dios. A Jeremías se le conocía como el profeta llorón por sus múltiples quejas y lamentos. Pero aun cuando su personalidad parezca rara a los ojos de muchos, y diferente a otros profetas, consideremos lo importante de él: Dios lo escogió para su tarea y lo eligió para cumplir una gran misión ante el pueblo de Israel.

Jeremías era descendiente de una familia sacerdotal de la aldea de Anatot, en tierra de Benjamín (1:1). Desde antes de nacer Dios ya lo conocía: “Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué, te di por profeta a las naciones” (1:5). Aún conociendo en su totalidad el temperamento y la personalidad de Jeremías, Dios lo iluminó con la Luz Interior, lo santificó y lo envió para denunciar la maldad y dar el mensaje de esperanza a un pueblo de dura cerviz.

Vino a mí la palabra de Jehová por segunda vez, diciendo: ¿Qué ves tú? Y dije: Veo una olla que hierve; y su faz está hacia el norte.

Me dijo Jehová: Del norte se soltará el mal sobre todos los moradores de esta tierra.

Porque he aquí que yo convoco a todas las familias de los reinos del norte, dice Jehová; y vendrán, y pondrá cada uno su campamento a la entrada de las puertas de Jerusalén, y junto a todos sus muros en derredor, y contra todas las ciudades de Judá.

Y a causa de toda su maldad, proferiré mis juicios contra los que me dejaron, e incensaron a dioses extraños, y la obra de sus manos adoraron.

Tú, pues, ciñe tus lomos, levántate, y háblales todo cuanto te mande; no temas delante de ellos, para que no te haga yo quebrantar delante de ellos. (1:13-17)

El profeta recibió la visión; era urgente. El mal iba en ascendencia, la adoración a dioses extraños aumentaba y la adoración al Dios verdadero disminuía cada día. Jeremías es retado a permanecer en ese llamamiento, a ser fuerte, y a hablar con autoridad y sin temor delante del pueblo. El incumplir este reto resultaría en el quebrantamiento delante de ellos.

Dios escogió a Jeremías y por medio de él se manifestó la autoridad de Dios. Es que las autoridades terrenales se terminan, se termina la fama, se termina la autoridad intelectual, perece la autoridad militar y las mismas circunstancias se acaban, pero la autoridad de Dios en los hijos de Dios permanece. “Mira que te he puesto en este día sobre naciones y sobre reinos, para arrancar y para destruir, para arruinar y para derribar, para edificar y para plantar” (1:10).

No hay duda que Jeremías fue preparado en la escuela de los profetas. Había sido instruido en la palabra de Dios como todo buen judío, enseñado en las leyes de Israel y en la misma visión profética a las naciones y a su propio pueblo. Estaba capacitado para lanzarse y desarrollarse como profeta exactamente en el momento en que Dios lo indicara. En primera instancia Jeremías rechaza la misión, se menosprecia a sí mismo por su edad. “Y yo dije: ¡Ah! ¡ah, Señor Jehová! He aquí, no sé hablar, porque soy niño” (1:6).

Yo, por mi parte, siempre tenía mucho deseo de continuar mis estudios pero en la pequeña escuela de mi aldea no había educación en grados superiores. En 1974 recibimos la visita de mi tía Josefina Iglesias. Ella se había ido de la casa en su juventud y a los veintidós años regresó para visitar a mis abuelos y mis tíos. Su presencia fue agradable en nuestra casa. El próximo año nuevamente recibimos su visita, y esa vez, en una de sus conversaciones con mi padre, escuché estas palabras: “¡Me voy a ir, pero volveré a robarme a María Félix para ponerla a estudiar!”

Esas palabras llenaron de gozo mi corazón, penetrando muy adentro pues ése era mi anhelo: “¡Volveré pronto! ¡La pondré a estudiar!” Cuando iba de la aldea al pueblo y veía el edificio del Instituto Lempira y un buen grupo de jóvenes y señoritas luciendo su uniforme y su bolso cargado de cuadernos, yo también quería ser una de ellas. Sin embargo la ilusión y la promesa de mi tía no llegaron.

Jeremías había sido llamado y asignado portavoz del eterno Dios para su pueblo y también a las naciones. Para mí es imposible comprender por qué Jeremías rechaza tan grande y magnífico privilegio. Pues mi anhelo era estudiar, aprender y predicar como lo hacía mi padre y otros predicadores que escuchaba por la radio. ¿Por qué Jeremías no lo hizo en su primera oportunidad?

Dios lo anima y lo hace reflexionar sobre su propia vida; ¿realmente permanece en él la Luz Interior? Dios lo invita a convertirse, arrepentirse, humillarse, a sacar palabras de valor de entre lo más insignificante; sólo entonces será rescatado y será como la boca de Dios. El fuego de Dios es iluminador, pero también es purificador. Jeremías debe hacer morir el viejo ser y renunciar a los deseos individuales para convertirse en el hombre que Dios quiere que sea.

¿Podrá la Luz Interior apagarse? No, pero sí puede opacarse. Cuando Jeremías retoma las promesas de Dios y se renueva con la consolación de Dios para su vida, ¿por qué vuelve atrás si Dios lo ha cubierto de tantas promesas positivas? Jeremías sufre una privación de compañerismo, de interrelaciones sociales, de contacto con sus amigos. ¿Quiere Dios solamente entristecerlo y hacerle sentir mal? O ¿tiene un propósito más amplio para él? Dios quería librar al profeta de angustias futuras.

La depresión se apodera de Jeremías ante una serie de situaciones en las que el pueblo atenta contra su vida por la simple razón de que siempre había amonestación de Jehová en su boca. Levantar calumnias e ignorar su labor profética era el deseo del pueblo. Lo golpea un sacerdote, sufre violencia y escarnio. De ahí toma la decisión de no acordarse más de Dios, de no hablar más en su nombre. ¿Será que Dios se olvida totalmente de sus hijos? ¿De su creación? Una noche en el cepo, torturado, avergonzado, le hace reaccionar de esta manera. Se sentía desesperado e impotente. Sin embargo no olvida el llamamiento, fue seducido por Dios, fue investido de su poder y de su gracia, y fue vencido por Él, habiendo por fin aceptado el llamado de Dios para proclamar sus profecías. Al parecer Jeremías no quería profetizar mal sino bien para el pueblo, pero el tipo de profecía condenatoria que le tocó traer incomodaba a la gente que se encolerizaban en su contra mientras él quedaba perseguido, afrentado y escarnecido, hasta llegar a la amargura de preguntarse: “¿Para qué salí del vientre? ¿Para ver trabajo y dolor, y que mis días se gastasen en afrenta?” (20: 18)

Las expresiones de Jeremías demuestran su total humanidad, como cualquier hombre de un carácter variable pero que indudablemente puede ser transformado. Aun siendo el profeta seleccionado y llamado especialmente para una labor ministerial a un pueblo escogido, hay situaciones que lo limitan. Job está descrito como un hombre perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal, y aun así pasó por el sufrimiento inesperado y aprendió la lección del divino propósito de Dios para su vida. También Jesús, el hijo de Dios, sufrió el abandono en la cruz y exclama con desesperación: “Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”

Soy la tercera de siete hermosos hijos, la más pequeña de estatura, con muchas debilidades físicas en comparación con mis hermanos. Nací el 15 de noviembre de 1964 con siete meses de gestación. Mi abuela María Natividad, al verme tan débil y con pocas posibilidades de vida, le dijo a mi madre, “bautízala porque va a morir.” Mis padres, Dionisio Cárcamo y Vicenta Iglesias, personas de mucha fe y con convicciones reales, confiaron en Dios que yo viviría a pesar de mis deficiencias. Me dejaron en las manos de Dios esperando la vivificación para su hija. Muchos amigos y vecinos me calculaban una corta vida: siete días, siete meses, siete años.

A pesar de todo lo anticipado, mi crecimiento continuó tomando nuevas fuerzas. Fui a la escuela, aprendí a leer y escribir. Mi madre me enseñó a rezar y llegué a hacerlo muy bien. Mis padres me enseñaron a leer la palabra de Dios en un libro blanco con textos subrayados de rojo. Ese libro era el Nuevo Testamento en el cual mi padre meditaba todos los días después de sus labores.

Jeremías estaba completo; no se describe ninguna deficiencia física en su vida. ¿Por qué no quiere vivir si goza de grandes privilegios? Jeremías pudo sobrevivir a pesar de todas sus dificultades y cumplir con la misión y propósito de Dios. Yo también sobreviví a pesar de las predicciones, porque Dios me escogió para servirle y honrarle. Responder al llamado de Dios es la más grande bendición para un cristiano comprometido.

Después de la tormenta viene la calma. La Luz Interior metida en el corazón y en todo el ser de Jeremías, le asegura que Dios está con él. Su fe toma fuerzas y revive su confianza en Dios. Nuestro Dios nos libra de pequeñeces y de los gigantes enemigos de nuestras almas, y ha vencido a Satanás quien no podrá destruir nuestras vidas por mucho que se afane. Jeremías cobró ánimo para continuar profetizando la palabra de Dios, ya fuese anuncio de destrucción o de vida; pero se le quitó el temor y la preocupación por la persecución de sus enemigos. Con toda entereza les advirtió:

En lo que a mí toca, he aquí estoy en vuestras manos; haced de mí como mejor y más recto os parezca.

Mas sabed de cierto que si me matáis, sangre inocente echaréis sobre vosotros, y sobre esta ciudad y sobre sus moradores; porque en verdad Jehová me envió a vosotros para que dijese todas estas palabras en vuestros oídos. (26:14-15)

Jeremías había experimentado un cambio radical. A pesar de todas las situaciones incómodas la Luz Interior está metida profundamente en sus huesos y le motiva a cumplir su llamamiento. La Luz Interior es más fuerte que cualquier pensamiento negativo en el ser humano y le permite depositar una profunda confianza en Dios. Para el profeta esto significó la conversión, la verdadera entrega, la obediencia, y la aceptación del llamado a servir en un pueblo que no respondería como era su deseo; pero el cumplimiento del llamado de Dios traería bendición permanente en su vida.

¿Qué Significó Para Mí?

Yo era una adolescente y no había razones profundas que afectaran mi vida como para decidir olvidarme de Dios, ni omitir el testimonio que como su verdadera hija Él quería que yo compartiera. En aquel entonces era demasiado joven para interpretaciones bíblicas, pero en ese momento Dios me estaba guiando a entender su verdadero propósito para mi vida que poco tenía que ver con la apariencia física, y mucho con una verdadera entrega y consagración a Dios. Él quiso que yo, igual que Jeremías, experimentara en mi propia vida la penetración de la Luz Interior, y que tomara en cuenta la selección para el ministerio.

A la luz del texto bíblico entendí que el futuro de mi ministerio no depende de mí, sino de Dios. Depende de su voz, y de su Espíritu Santo que penetra a lo más interno de nuestra vida y nos convence, para no hacer yo como quiero y pienso, sino como Él decida en su propósito para mí.

TODO SE PIERDE

Otoniel Morales Soto, Junta Mensual Embajadores Amigos
Chiquimula, Guatemala

Había mucho entusiasmo por el viaje a la capital a 170 kilómetros de nuestra ciudad. Luis, como deportista, era uno de los más entusiastas; fue el primero en llegar al punto de reunión del grupo que viajaría. Cuando nos saludamos, lo invité a beber un café y a platicar un rato. Nos conocíamos desde unos 15 años atrás cuando coincidimos en el Colegio.

Esta noche viajaríamos ocho personas a la capital del país; el alcalde de la ciudad y tres colaboradores de la municipalidad, así como otras cuatro personas representantes del deporte. Íbamos para negociar con la dirigencia deportiva nacional asuntos importantes que beneficiarían al deporte local. Luis formaba parte de la delegación municipal que viajaba en su auto, aunque dispusimos que los dos grupos saldríamos a la misma hora del lugar de reunión que era mi oficina.

En el Colegio Evangélico, él había compartido mis preocupaciones en el internado, donde aunque teníamos la misma edad—18 años—él era uno de los alumnos internos, mientras que yo era el maestro encargado del mismo. Él era de los estudiantes de más edad, a causa de que en su niñez contribuyó con el trabajo de la casa.

Don Joaquín, el padre de Luis, mantenía el liderazgo y la tarea de compartir la enseñanza de la Biblia en la congregación de la aldea El Arbolillo. Cuando ya de quince años, habiendo cursado los seis grados de la primaria, su padre obtuvo una beca para que Luis continuara sus estudios de educación media en el Colegio Evangélico, en la ciudad a 40 kilómetros de su aldea. Como buen estudiante, se destacaba por su responsabilidad y su entusiasmo. Los directores y los misioneros evangélicos lo apreciaban, además que él no los defraudaba; su jovialidad y su buen humor le permitían hacer amigos con facilidad. En el internado me apoyaba con la atención a los niños más pequeños, yo lo consideraba más un compañero que un alumno por la confianza que le tenía.

Al terminar sus estudios de profesorado y tener sus ingresos propios como maestro, con nuevos amigos y amigas, su interés por las actividades de la iglesia empezó a disminuir, ausentándose completamente cuando el licor empezó a ser parte de su vida. A los 28 años se casó con una hermosa señorita también maestra, que como Luis, había crecido en el ambiente cristiano evangélico de su comunidad, y con ella tuvo un hijo. Manteníamos algún nivel de amistad, aunque no compartíamos los mismos amigos. Al hablar con él siempre se mostraba alegre, parecía la misma persona que había conocido en el colegio. Sobrio, seguía siendo responsable de sus actos; no parecía tener conflictos en su trabajo y menos en su familia. Yo le resultaba incómodo, porque él sabía que en estado de ebriedad no era bien recibido en mi casa, y cuando no estaba ebrio y conversábamos, con frecuencia yo le recordaba que estaba destruyendo su vida y la de su familia. El licor nos distanció.

—Sí, es cierto, voy a empezar a dejarlo para poder ir a la iglesia. Ya hemos hablado con mi esposa y ella dice que me va a acompañar…

—Sabe qué—me decía—Hay tiempo para arrepentirse… —se reía— todavía no se predica el evangelio en todas las naciones para que venga el Señor…

El mensaje evangelístico del inminente fin del mundo y las señales que deben cumplirse antes de que ocurra, según San Marcos (13:10), entre otras la predicación del evangelio a todas las naciones, era un argumento que jocosamente Luis usaba para postergar su decisión. Tal decisión no era tanto la de ir o no a la iglesia, sino la de esforzarse por dejar el licor. Asistir a la iglesia para él sería como un símbolo o una señal de que ya había superado esa dependencia. —No sabemos cuando el fin del mundo se va a dar; pero no se olvide que el fin del mundo suyo o mío va a ser cuando hayamos muerto, y eso sí puede ser antes que el evangelio se predique en todas las naciones— le repetía yo.

Antes de viajar a la ciudad capital, mientras llegaban los compañeros del viaje, bebimos café y charlamos. Cuando de nuevo tocamos el tema de restablecer su relación con Dios, él mismo dijo:

—Por ahora lo tengo lejos.

Le recordé la importancia de preservar su hogar, hora con un niño, y de su responsabilidad como padre, especialmente en su caso porque ya había conocido la luz de Dios.

—Este domingo próximo le prometo que voy a estar en la iglesia. Ahora sí, no es cuento…

Le recordé que el versículo de San Marcos 13:10 que él siempre citaba riéndose continuaba con otro que dice «el que persevere hasta el fin, éste será salvo» (13:13) El capítulo 13 del evangelio según San Marcos, posiblemente era un capítulo que Luis había leído muchas veces en sus 33 años.

La reunión en la capital fue exitosa; logramos nuestras propuestas y tanto la municipalidad como los deportistas estábamos muy contentos. Salimos a las 9:30 de la noche aproximadamente. Los cuatro delegados del deporte que viajábamos en mi auto decidimos comer algo antes de emprender las dos horas y media del viaje. Invitamos al alcalde, a Luis y compañeros, pero optaron por viajar de inmediato.

Se nos adelantaron.

Apenas faltaban 25 kilómetros para llegar a la casa. Ya cerca de la medianoche, un camión que el ejército detuvo y dejó sobre la carretera sin señales adecuadas mientras revisaban el vehículo y los documentos del piloto, impidió que Luis tuviera la oportunidad de recomponer su vida y allegarse de nuevo a Dios. Al ver el camión parado y a la velocidad que viajaban se trató a último momento de hacer un viraje a la izquierda para evadir el golpe; pero el impacto fue tan fuerte que destruyó prácticamente el lado derecho del auto. Luis viajaba precisamente en el asiento al lado del piloto. Habrían transcurrido 45 minutos cuando llegamos al lugar del accidente; aún estaba el camión sobre el asfalto, y el auto de nuestros amigos, destruido, fuera de la carretera. Luces de otros autos que se detenían para observar lo ocurrido nos sirvieron de señal para disminuir la velocidad. El ejército mantenía su «puesto de control» sin la señalización adecuada.

Nos impactó ver el auto destrozado. Los soldados nos informaron que «a todos los heridos» ya los habían trasladado al hospital más cercano, a donde nos dirigimos, para presenciar el impactante cuadro de cuatro amigos, entusiastas dirigentes, sobre las camillas del hospital, uno de ellos—Luis—ya fallecido, y los otros en mal estado de salud.

Luis ya no tuvo la oportunidad de ir a la iglesia. No fue necesario esperar la predicación del evangelio a todas las naciones para que a Luis le llegara su fin del mundo. Se le acabó el tiempo para recuperar lo que él sabía y lo que había enseñado. Voluntariamente rompió sus vínculos con Dios, porque no pudo romper los vínculos con el licor.

 

 

Impreso 2009 con el permiso de los autores por La Asociación de Amigos de los Amigos,
un programa del Comité Mundial de Consulta de los Amigos Sección de las Américas,
Friends Center, 1506 Race Street, Philadelphia, PA 19102 USA
tel:  215.241.7250, correo electrónico: wqf@fwccamericas.org

Foto: Der a Izq: Manuel Guzmán Martínez (México), Otoniel Morales Soto (Guatemala) durante el taller de Managua en Enero 2009.

 

Sobre los Autores

María Félix Cárcamo de Sánchez y su esposo (e hijos) han crecido y servido por muchos años en la Iglesia Evangélica de los Amigos en Honduras en diferentes ministerios, incluyendo el haber sido directivos y docentes del Instituto de Formación Teológica Jorge Fox en San Marcos de Ocotepeque, con el que continúan trabajando en el programa de educación a distancia. También han servido como superintendentes de su junta anual. En la actualidad sirven como pastores en San Pedro Sula y María Félix trabaja con Orphan Helpers, sirviendo a menores en situación de riesgo.

Otoniel Morales Soto, odontólogo de profesión, es miembro de una antigua familia de Amigos en Chiquimula, Guatemala, donde junto a su familia forma parte de la Iglesia Evangélica Embajadores Amigos, uno de los tres diferentes grupos Amigos en esa zona del país. Ha servido en diversas formas en su junta mensual y ha ocupado cargos de elección popular en su departamento. Su pasión por la enseñanza-aprendizaje le ha llevado a participar en diversos cursos para seguir sirviendo en su iglesia. Es además un artista creador de esculturas metálicas en miniatura.


 

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El programa de la Asociación de amigos de los Amigos (AAA) es un ministerio de literatura que funciona bajo los auspicios del Comité Mundial de Consulta de los Amigos. A través de nuestros envíos de lecturas, buscamos honrar las voces de Amigos de distintos entornos, idiomas y tradiciones cuáqueras, e invitamos a todos a que entren en una comunidad espiritual con los Amigos.

La Asociación fue fundada en 1936 por Rufus M. Jones, un cuáquero norteamericano, profesor, activista y místico. Su propósito era el de proveer un método para que las personas interesadas en las creencias y prácticas de los cuáqueros pudieran mantenerse en contacto con la Sociedad Religiosa de los Amigos, sin dejar su propia religión, si la tuvieran. Hoy en día, los Asociados de la AAA viven en más de 90 países, e incluyen a personas no-Amigos, buscadores, Amigos que viven en circunstancias aisladas, y hasta miembros y asistentes activos de juntas e Iglesias de los Amigos. La Asociación no cobra ninguna cuota de inscripción, sino que depende de los donativos de sus lectores y la participación de otros interesados para cubrir sus gastos.


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